Las letras de un nombre grabadas inmortalmente en la piedra. Relucientes, recientes. Toda esperanza acaba aquí, frente a un muro de ladrillos y escayola, de cal viva. Las letras de otro nombre invocan entonces dos personas que se abrazan, juntas, apretadas, dos jóvenes en un callejón estrecho. Ella le mira, él sonríe, se abrazan. Se abrazan en lo oscuro, esos dos jóvenes, un solo espíritu de vida, mientras crecen y las líneas del tiempo se dibujan en su cara. Se desfiguran, se vuelven duros según los recuerdos se hacen fríos, hasta convertirse en esa piedra con dos nombres inmortalmente grabados. Tras ella se esconden, huídos por un agujero, ratones que huyen en una biblioteca a través de los huecos de entre los libros.
lo has dejado? no deberías…