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Las letras de un nombre grabadas inmortalmente en la piedra. Relucientes, recientes. Toda esperanza acaba aquí, frente a un muro de ladrillos y escayola, de cal viva. Las letras de otro nombre invocan entonces dos personas que se abrazan, juntas, apretadas, dos jóvenes en un callejón estrecho. Ella le mira, él sonríe, se abrazan. Se abrazan en lo oscuro, esos dos jóvenes, un solo espíritu de vida, mientras crecen y las líneas del tiempo se dibujan en su cara. Se desfiguran, se vuelven duros según los recuerdos se hacen fríos, hasta convertirse en esa piedra con dos nombres inmortalmente grabados. Tras ella se esconden, huídos por un agujero, ratones que huyen en una biblioteca a través  de los huecos de entre los libros.

27/11/08

Todos alcanzamos a oír una voz en nuestro interior que dictaminaba el fin y el castigo de aquellas almas que, atormentadas en vida, no fueron capaces de ser fuertes y sucumbieron a su propia desgracia. Segundos después, el mundo entero se conmovió.

Nada más empezar, impactó la confusión ante lo desesperado de la situación. Sonaron las sirenas hasta que fueron destruidas, y las sustituyeron todo aquello que pudiera hacer aviso del peligro. Mejor dicho todo aquello que pudiera atraer la ayuda. Silbatos, megáfonos, amplificadores de gritos largos y quejumbrosos se peleaban con explosiones y el rugido de la Tierra despedazándose. Al caer la noche, cuando todo quedó paralizado, el cielo aún seguía iluminado de tonos anaranjados. Pocos pudimos dormir, otros no se despertaron.

Las cucarachas que salieron de las grietas del día siguiente no trajeron enfermedades, ni nos dieron asco. Más bien eran un suculento manjar. Recorrían nuestro cuerpo con sus diminutos pasos, haciéndonos cosquillas en las heridas, las dábamos de comer de nuestras brechas, era una simbiosis. Las llamamos el Maná durante lo que duró la travesía.

Al tercer día llovió abundantemente. Aquella agua quemaba y escocía, era amarga y al llegar al estómago producía un calor ardiente, la mente dejaba de responder con ella. Bebimos tanto que caímos inconscientes mientras el tiempo parecía no avanzar, ajenos al sufrimiento que nos rodeaba, evadidos en un falso sueño que no hacía más que distorsionar las pesadillas del mundo real en sombras chinescas sobre la conciencia.

Sí la tierra estaba desquebrajada, el cielo lo hacia al cuarto  amanecer. Cayeron rayos y rugieron los vientos haciendo volar lo que quedaba en pie, el paisaje se convirtió en una vasta llanura de cráteres, cubierta por las nubes que bajaron a nuestro nivel como una fina manta que tapaba nuestros pasos y cubría cadáveres olvidados. El cielo se mostró desnudo en su totalidad, una ventana al universo, posamos nuestras miradas en luces que el hombre no había visto jamás, llegando a ver las interminables cadenas, gruesas como los brazos del Titán Atlas y de eslabones de plata  que atan nuestro mundo al corazón de la nimia existencia, tan débil que se difuminaba con la nada. Nadie pudo resistirlo, el cerebro se deshizo ante tan poca presión de la lógica, nos abrazamos tan fuerte por no perder nuestra identidad, lo que éramos, lo único que nos quedaba, que nuestras cabezas no se inflasen como granos de maíz.

Flotamos durante el quinto día. No sabíamos donde íbamos, nos habíamos elevado entre un coral zumbido de mosquitos invisibles, revoloteando en derredor, molestias permanentes que se metían entre los párpados y ponían huevos en los oídos, solo pudimos agitarnos inútilmente en el aire, pero el miedo pudo más. Agarrados, su tacto, sus miradas, sus gimoteos, el calor que emanaba de sus lamentos. Los amaba. A todos y cada uno. Un amor desesperado que me arrancó las lágrimas cuando caímos con todo nuestro peso sobre un suelo de mármol que bien parecía una plancha de cocina a cientos de grados.

Sexto día, ellos siguen de mi mano, no pienso soltarlos. Han surgido bestias horribles, desfiguradas, se ríen y enseñan sus colmillos, a caballo o sobre pezuñas, todo es negro, rojo, sombra y resplandor. Que sus garras sesguen mi piel no me importa, me duele pero no me mata, sin embargo amenazan con hacernos cosas peores, la más cruel muerte. Uno a uno somos aniquilados, con nuestro intestino por horca o vomitando nuestro corazón. Cae la noche y mi turno no ha llegado, espero en vano hasta el alba en estos parajes que ya debió visitar Dante, mientras el sufrimiento de la gente que amo se disuelve en magma y costras.

Séptimo día, todo es blanco, no logro a distinguir la tierra del cielo, todo es lo mismo, caminando durante horas sin moverme del sitio. El único sonido que alcanzo a oír es el pitido de mis nervios y el latido del flujo sanguíneo. Nada parece cambiar en horas, días, meses, años, siglos, milenios, eternidades. Si al menos alguno de ellos estuviera aquí, conmigo, haciéndonos sentir humanos, siendo alguien, siendo algo. Si al menos no estuviera solo, seguiría sintiendo la vida. Esta es mi muerte y castigo.

Texto nº ()

Ella está quieta, en frente de la fosa. Hace tiempo que dejó de correr. Ahora mira. No hacia el agujero, sino en sentido contrario. Se agita su largo vestido blanco. Hacen su asqueroso ruido las gaviotas. Pero ella solo mira. Mira hacia donde está Él, quieta e inmóvil. Hacia donde Él la está imaginando. Y así seguirá mientras Él imagine. Cuando deje de hacerlo se tumbarán las sillas bajo el árbol que les da sombra. Y serán ejecutados, ambos. Ella por no ser más que un reflejo de olas, Él por pura pena. Y en algún lugar, más tierra sobre el hoyo.

En las ciénagas de sangre/a veces, caminan los huesos,

y el sonido de sus talones/me eriza el vello, me hace girarme,

en busca de un sabio/de una antorcha/que guíe a los muertos.

Otras, los juncos huecos/se parten por su propio peso,

el de los ahorcados,/y el crujir de sus tendondes,

secos,/me hace vibrar, me estremece

con la esperanza/de que las nubes se desquebrajan,

y el manto de cemento cae,/como una losa sobre mí,

perenne lápida.

P.D:  Si tengo algún seguidor, le digo : prometo escribir pronto

Reminiscencias

[...]Recuerdo que escuchaba voces mezclándose, incoherencias, ruido, después el suave ronroneo de un motor contagiando mi cuerpo de calma, arrullándome, y todo era negro porque tenía los ojos cerrados. Cuando mi vista se acostumbro pude verte, estabas ahí, delante, con algo para mí entre las manos. Me dijiste unas palabras serias, una sentencia en contra de tu propia voluntad, esos ojos esquivos y tristes.  Tomé lo que me tendías con la mirada baja, fija en tu cintura. No soporto verte así. Apenas te rocé, centrado en coger la manzana del pecado. El fruto que ha madurado a base de perder la gracia natural, de viciar el aire con errores. Lo dejé caer al suelo, soltándolo simplemente, quedando con la mano vacía en el aire, puse mi palma contra la tuya y la rodeé con los dedos, el sonido amortiguado de un cuerpo esponjoso golpeando el piso.  Y como una joven noble – que es posible que lo seas, pienso, aún inocente – viendo atacado su honor, diste media vuelta tragada por un torbellino de gasas al viento. Con lágrimas viajando hacia tu barbilla. Con todo lo que hubiera pisoteado por la carrera. Y ya solo  ruido, voces mezclándose, y yo solo, solo yo en el limbo. [...]

x x x

24 de Febrero de dos mil diez.

Esta es la carta que siempre quise escribirte.

Todo lo que siento por ti, al desnudo.

Besos.

Visión hiviente.

Es ella en la caverna

es ella de pie

junto al pozo de piedra

Es ella en la bruma

vestida de volantes

de vapor

Burbujeante.

desnuda

su cabello

de ondulaciones

ascendentes,

es fuego y agua

Perseguirla

es silencio

su voz

es solo aliento,

un eco

vacío de pompas,

su perfume

cuece los pulmones.

Fuimos amantes

en la caverna.

Quise beberla

bebí

ampollas de muerte,

labios en carne

coágulos los ojos,

la piel sin piel,

lengua de sangre.

ella son formas

en la bruma

de pie junto al pozo de piedra

etérea, hija del géiser.

Espíritu del fuego y el agua.

Estupidez adormecida.

Quiero errar, con los pies sobre mi tierra, el terreno que me pertenece y es legítimo, las mesetas de la estepa. Extraviarme en mis dominios, siguiendo las sendas abiertas por mis propias manos. Perderme sólo donde yo desee.

Y aún con estos deseos tan nobles, tengo espíritu de siervo. Mi bajeza me arrastra a los cantos de sirena. No soy digno de mi propia voluntad. Sucumbo y giro, como una polilla, alrededor de un Señor que no me ha reclamado. Esclavo.

Ahora sigo los caminos más atento de encontrarla que del trayecto que me proponía recorrer. A veces, acabó al borde de un profundo valle, gritando y rompiendo el silencio de mi reino, por si ella contestase, y su respuesta se funde con el eco. Cuando rodeo los escarpados montes, me preguntó si alcanzar la cima sería más sencillo que atraer su mirada. Temo y anhelo con igual fuerza desgarradora el próximo encuentro en la noche, cuando todo mi esfuerzo por ser imparcial se destruye y a mí me destrozan las pasiones de los hombres.

Sé que su cara más encantadora es un cartel de “Prohibido el paso”, que ha sabido huir de la perdición, mantener el equilibrio, vaciarse de interferencias. Que es y será mucho más libre que yo. Que vaga por los mundos dueña de sí misma porque sí que conoce el destino de dejar entrar la duda en el interior.

Me gustaría decirle, “pero mira las rapaces, en lo alto con los ojos afilados, oteando los límites del horizonte, adivinando el futuro, calculando la caída, y aún así con las alas bien abiertas, arriba, sin miedo”, poder ver arder el fuego en sus ojos más de cerca, sentir un calor más humano. No vacilar.

Y después cuando la miro es humo. Lejos, otra vez en los valles y las cimas. No sé cuando volverá y me duele, perdido en el terreno que me pertenece, sin saber ya donde ir. Suplicando en mi interior por que se me aparezca una vez más en la noche. Sin rumbo.

Ojala supiera que el tiempo no ha pasado en vano para mí. Que ya me ha turbado. Tengo miedo de que se apiade de mí, que decida no hacerme naufragar más, dejar de divisarla. Entonces sería dueño de mí, pero a que precio. Y así, se marcha una vez más como humo, y yo me quedo con la esperanza de que vuelva a aparecer, misteriosa en la noche, no me importa esperar, alimentar mi felicidad de una realidad incierta, tambaleante.

Perdiéndome por rozar lo vedado, mojarme los labios de tintura venenosa con un pincel, sentirme tocado por la fortuna, crear dimensiones paralelas, amanecer un poco menos estúpido, un poco más agraciado, menos insignificante, más real, volver a contar chistes y beber sin dilemas, insuflarme del gas de la vida sin saber por qué en ese estado era más feliz.

Sin poder huir, por su rostro.
Sin querer escapar, por el laberinto de su mente.
Lejos de toda serenidad.
En silencio, porque no he dicho nada.
Y soy demasiado diminuto para hacer oír mis palabras.
Demasiado pequeño para llenar otros huecos.
Nunca lo suficiente.
Escribiendo finalmente por necesidad.

Sin título – 6

La voz muerta,
el silencio,
zumbido del aislamiento.

La espera,
como un invierno
vivido en el destierro.

Dos sustancias
que corroen,
con ligero burbujeo,
todo ímpetu.

Gotas ácidas,
mundo estático,
sobre el cráneo
se hace el agujero.

El bibliotecario (y II)

El dedo avanzaba despacio, encontraba callejones sin salida y daba media vuelta, continuaba incansable. Cada vez se alejaba más del borde, alcanzado las profundidades del centro de la página. Empezó a sentirse lejos de la Biblioteca, de la oscuridad de sus pasillos, veía solo el libro que tenía delante y éste, en su imaginación, empezaba a adquirir el detalle y la profundidad de una realidad diferente. Captaba el material del que estaba hechos los muros, como labrados en piedra gris, y el suelo polvoriento y arenoso, imaginaba que si levantase la cabeza y admirase el cielo, sería un plomizo manto de nubes oscuras y no las bóvedas inalcanzables. Empezaba a notarse inmerso, mareado. Tanto, que cuando su dedo chocó contra uno de los callejones, se dio un golpe de lleno en la nariz. Allí estaba ante él, el muro. Y el suelo arenoso y polvoriento, y el cielo encapotado. Ni rastro de la Biblioteca, solo el libro entre sus manos, con el dedo pegado a él. La dimensión de la página volvió a tornársele inmensa y se sintió encerrado. Todo empezó a dar vueltas y la visión se hizo borrosa. Trató de despegarse de aquella celulosa maldita, pero no pudo, tiraba tanto de su dedo que sin duda se lo arrancaría. Trató de deslizarlo hacia los lados en cualquier dirección, pero intentar sobrepasar un trazo negro era como querer atravesar una muralla, más precisamente muros rocosos de dos metros de ancho. Automáticamente, y un poco presa del pánico, dio la marcha atrás, deshizo sus pasos. Un par de equivocaciones, pero supo orientarse, no estaba tan al fondo. Conforme más se acercaba la yema de su dedo a la entrada, más etéreos se hacían los contornos de las esquinas que giraba. La recta final, se acercaba al margen blanco, y delante de él, en la abertura del muro, divisó su mesita con sus grandes pilas de manuscritos, rodeada de un brillo que no supo explicar, flotando en medio de un espacio blanco, en medio de la nada. Suspiró de alivio y su piel dejó de sentir un incómodo tacto rugoso a cambió de un hormigueo por todo el cuerpo y una ceguera momentánea, la luz le envolvió. Había salido, miró hacia atrás, solo oscuros pasillos de estanterías.

Puso el libro ante él en la mesa, incrédulo y mirándolo con miedo. Temía caer de nuevo en su encanto. Con grandes precauciones, comenzó a pasar páginas. En todas ellas había un laberinto distinto, pero cambiaba el estilo y color de sus trazados. Estaba lleno de dudas. ¿Qué ocurriría si lograba superar alguna de esas pruebas? ¿Encontraría algo en la profundidad de esas páginas? ¿Qué manos habían diseñado aquel portal? Aún sentía la cabeza embotada. La Biblioteca no tenía secretos para él. La Biblioteca era una rutina perfecta, incapaz de desmoronarse. Buscó alguna hoja significativa, que pudiera desvelarle algún secreto, y se decidió por un laberinto de caminos curvos y circunferencias enlazadas, delineado en tinta carmín. Puso el dedo  esta vez con decisión, casi hasta valentía, después de respirar hondo y mentalizarse. No le pillaría desprevenido, pensó. El salto esta vez fue instantáneo. Se sintió en caída libre unos segundos, suficiente para que se revolviesen las tripas, mientras todo se oscurecía a su alrededor. Recibió de nuevo el abrazo de la gravedad, y un resplandor anaranjado. Levantó la vista. El camino ante sus ojos estaba cercado por altas lenguas de fuego sobre una planicie calcinada. El juego de transparencias a través de las llamas le permitía divisar un mundo vasto sin aparente fin, inundado de calor, soledad y… bajó la vista a sus pies para cerciorarse, con la boca abierta. Fue tan desagradable comprobar que estaba pisando huesos ennegrecidos… deshaciéndose en cenizas bajo sus botas. En un acto reflejo desapareció de aquel lugar. La blancura lo envolvió mientras poco a poco recuperaba el sentido de su propio cuerpo, de pie otra vez en su amada Biblioteca. No, ya no era su amada Biblioteca. Ahora era un lugar desconocido. No podía confiar en que albergaban sus estantes, como si el lugar tuviera vida propia y estuviese acechándole, tendiendo trampas, devorándole. Toda la realidad en la que había creído se empezaba a venir abajo, todas sus convicciones tejidas a lo largo de su existencia, corroídas por la duda.

Se sentó tras su escritorio, pasando la vista por los oscuros pasillos que tantas veces había recorrido. ¿Qué tipo de horrores aún desconocidos se escondían allí para él? Estaba intimidado, tenía miedo, un nudo agobiante le oprimía la garganta. Había sido traicionado. Quizás por su propia mente. Todo el tiempo pasado tan desprotegido, y ahora se daba cuenta. Iba a escapar. El libro que había provocado el error en el sistema debería ser también la fuente de respuestas. Se lo puso bajo el brazo y corrió, perseguido por algo invisible y malvado. El brillo de la luna era insuficiente, el halo argenta solo hacía brillar las letras escritas con oro o plata sobre las cubierta de los miles de libros. Nunca había buscado una salida de la Biblioteca. Los últimos pasillos de hecho ni los había pisado. Porque de hecho los pasillos no tenían fin, los libros eran infinitos en los universos. Cómo podía haber vivido tan tranquilo en un mundo que ni siquiera conocía al completo. Era un hombre estúpido, la idea empezaba a tener una forma muy definida. Corría atravesando secantes, giraba y se pasaba a las paralelas, los altos muros de libros eran murallas que le atrapaban. El lugar era tan parecido a un… laberinto. Su mente se abstrajo y pudo verse a sí mismo en una minúscula sección de una red de infinitas secciones de estanterías, vagando sin fin. Se detuvo helado, con la espalda pegada a la pared y dejándose caer hasta sentarse en el suelo. Quizás, quizás. Quizás había vivido encerrado en un laberinto toda su vida, dentro de un libro aún mayor. ¿Habría estado en otros laberintos antes que este, pero no se acordaba? Todo a su alrededor tenía ahora el aspecto de una burda maqueta. Se maldijo. Todavía podía hacer algo, vivir errando de un laberinto a otro, hasta que su tiempo se agotase. Sería un hombre en un mundo de mil dimensiones, y al mismo tiempo ninguna verdadera. Por primera vez hizo algo sin una razón lógica, utilizó el azar. Él no sabía lo que aquello significaba, pero ahora cualquier cosa era posible. Abrió el libro por una página cualquiera, la presencia malvada se acercaba veloz por todos los pasillos.

Sus ojos brillaban ante la magnificencia de la obra de arte que se le presentaba. La hoja era como un pozo de colores más allá del prisma, holográfica, una ilusión. Se perdía en un abismo de caminos fractales, creados por ecuaciones que debían ser el sentido matemático de la perfección. Giraban y se retorcían sobre sí mismos sin fin, creciendo a cada instante, a lo ancho, a lo largo, a lo profundo. ¡A más dimensiones que le eran secretas! Enmarcando el holograma se extendía un marco de extraños símbolos y animales mitológicos y extraños, formas de vida de otros mundos, columnas cubiertas de vegetación frondosa que se extendía enredándose como un laberinto más. Solo logró descifrar una inscripción de los márgenes, rezaba “Zhsnjrkwa”. No le hizo falta tocar nada. Simplemente su mente desapareció engullida mientras los pilares de la Biblioteca se reducían a escombros.

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